Los papás lloran en silencio

Existe la creencia generalizada de que los papás somos personas más despreocupadas (a veces le dejo usar un disfraz una semana), improvisadas (admito que le he secado el pelo a mi hijo con una aspiradora) y menos sensibles que las mamás (Los Simpsons me levantan el ánimo en 5 minutos), pero lo cierto es que en ocasiones la realidad nos aplasta con más dureza que a las mujeres porque no estamos acostumbrados a dejar salir nuestras penas, nuestras frustraciones, nuestros miedos y, sobre todo, nuestras lágrimas.

 

Sin embargo pasa, pero tratamos de ocultarlo. Usualmente los papás somos muy hábiles para funcionar en piloto automático: trabajo, quehaceres del hogar, niños, dormir; toda la rutina sale sin pensar. El problema es cuando sí pensamos. Cuando esa rutina se tambalea, cuando vemos lo que hay detrás de ella: miedo.

 

Como papá separado, me quedé viviendo solo con mi hijo cuando estaba por cumplir dos años y por varios meses continué mi vida tan cual la tenía antes de que mi esposa nos abandonara. No tenía tiempo de pensar, de arrepentirme por nada porque si yo me detenía todo se desmoronaba. Yo era el responsable por mi hogar, así que no tenía tiempo para mí. Pero al pasar el tiempo y cuando las cosas se fueron acomodando mejor, comencé a pensar un poco más en lo que había quedado atrás y en lo que venía.

 

Una noche después de dormir al nene me agarró por sorpresa una terrible angustia y me encerré en el baño a llorar. Era como si repentinamente estuviera listo para largar todo. Lloré lo más silencioso que pude para no despertarlo, pero realmente sentía que no sabía qué hacía. Los dos solitos por la vida era una imagen que nunca había imaginado. Se había ido al tacho el plan del hermanito, la casa más grande, los planes de a dos.

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Afortunadamente, mi nene se despertó y cuando me vino a buscar al baño lo abracé muy fuerte y me di cuenta que podía seguir haciendo planes de a dos, pero eran dos diferentes. Él seguía en mi vida y yo había cambiado para mejor. Dejé de llorar y preparé un licuado de frutas de medianoche para tomar en la cama, porque me habría vuelto “más sensible”, pero lo improvisado no me lo sacaba nadie (y en la tele estaban dando el capítulo que Homero va a la escuela de payasos).

 

A la semana siguiente hablé con un amigo que tiene dos nenas y cuando le conté mi experiencia se soltó completamente y se puso a llorar. Me contó todo lo que sufría por no poder darles más dinero y tiempo a sus niñas y que tenía miedo de que su mujer lo fuera a abandonar. Lo palmeé un poquito en la espalda y le conté un chiste malo para hacerlo reír. Al rato se calmó, pero estaba diferente, más ligero. Supongo que el momento lo había liberado de esa carga, porque los papás sufrimos y lloramos igual que las mamás. Quizás por motivos diferentes, pero siempre por la misma razón: queremos lo mejor para nuestros hijos.

 

Post invitado
Ezequiel Tozzi es periodista, bloguero y orgulloso papá soltero de un niño de 5 años, a quien cría solo desde que es un bebé. Tiene 32 años y en su blog Monólogos de Papá cuenta las aventuras y desventuras de ser un papá a tiempo completo y su difícil camino para opinar sobre maternidad, siendo hombre.
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Como no existe la academia donde enseñen a ser la madre perfecta, busco formas innovadoras de ayudar a madres jóvenes a vivir una maternidad plena, ayudándolas a comprender las etapas del desarrollo del embarazo, el parto y la crianza de los hijos. Lo más importante es disfrutar de cada instante, el aprendizaje viene con la experiencia.

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